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Biblioteca


Poesía
"Barda brava", de Oscar Castelo
"Animal lingüístico", de Ricardo Fonseca
"Quieta para la foto", de Liliana Campazzo

Narrativa
"Dibujo en el vidrio empañado", de Gustavo M. Rodríguez
"El raulí", de Gustavo Santos
"La maldición del chenque", de Ariel Puyelli

Ciencias
- Bajo del Gualicho: Una planicie patagónica bajo el nivel del mar. Realidad y leyenda
- Arqueología de Río Negro


Poesía

"Barda brava", de Oscar Castelo. (Ed. Limón, 2003), 72 páginas.
En uno de los bellos ejemplares de la nueva editorial neuquina, realzado por las ilustraciones del propio autor, alcanza su condición de poeta édito el infatigable Oscar Castelo. La solapa lo presenta como "nacido en el siglo pasado, inmigrante del Mío Cid, embarcado en un corto de Almodóvar" y "hallado en un frasquito de aceite de ricino, desopilante y desnudo junto a mamíferos de las excavaciones". Este humor omite que Castelo fue uno de los animadores de la movida del '60 en la literatura argentina, para ser más precisos como colaborador en una de las míticas revistas literarias de la época, "El grillo de papel" (¿o era su sucesora, "El escarabajo de oro"?), junto, entre otros, a Abelardo Castillo y Liliana Heker. Este libro tanguero, bardero, noctámbulo y felino, nos recuerda que "de madrugada el olvido es resaca" ("Señales:")
Mucho antes de eso, en la página 8 nos regala lo siguiente: "Por estar entretenido en otros menesteres: / me doy por descubierto / un cordón del zapato, suelto y melindroso; / un malestar aquí en el pecho, sobre el costado / peculiar de aquellos que se han enamorado; / la agenda matutina, los repollitos de bruselas, / trozos de jamón tiernizados para el almuerzo; / cierto delicioso vino ajerezado / y no olvidar escribir una postal / para quien bien nos quiere a distancias prodigiosas. / No puedo resistirme y opto por poner al descubierto / el párpado, con tal de no quedar anonadado. / Tal vez transcurrieron un buen par de minutos. / Tiemblo por la brisa de los cantos y comienzo a recitar / fragmentos olvidados. Se abre el pecho como una dársena / y al intentar amarrar, doy contra el espejo." (final de "La dulce miel de los aduaneros")
Y los muchachos, desde la barra, piden "bis, maestro".

"Animal lingüístico", de Ricardo Fonseca. (Ed. Nuevohacer, Grupo Editor Latinoamericano, 2003), 358 páginas.
El autor dice de su libro que "es una antología personal de poemas y canciones extraídos, robados del lenguaje común y alimentados de entrañables y numerosas voces de poetas y narradores/as latinoamericanos, facilitadores a su vez de ese intento inconcluso y quizá vano de querer decir lo indecible. De ese barrer en la oscuridad que supone el provocar y el ser provocado por las palabras para que expresen algo de lo mucho que silencian".
De Fonseca, poeta antes visceral que intelectual, popular más que erudito -pero siempre armonizando ambas vertientes creativas-, no teníamos hasta ahora más que retazos de su vasta producción, desperdigados en antologías o sueltos en el viento de las canciones que se hicieron con sus letras, por obra y arte de grandes músicos como Naldo Labrín, también neuquino. Que cantaron nada menos que Alfredo Zitarrosa, Tania Libertad, el grupo Sanampay y el Coro de la Fundación Banco Provincia de Neuquén, entre otros intérpretes.
Este volumen agrupa los poemas bajo su título general, con una segunda parte donde se cobija una antología de canciones del sur denominada "Los días cantados", enhebradas con un "Musical" (intermezzo), dos relatos de ribetes surrealistas y un humor diáfano.
Es tan amplio el registro estético de Fonseca, tan natural su decir como seguramente trabajado cada verso, que cualquier intento clasificatorio naufraga a priori. Es más: podría decirse que para mejor conocer esta poesía es recomendable tener el libro a mano y abrirlo en cualquier página, leer en voz alta y quedarse escuchando las resonancias, el eco de las palabras en el aire. Y repetirlo cada vez que venga en gana.

"Quieta para la foto", de Liliana Campazzo. (Ediciones Simurg, 2003) - 75 páginas
Poemas de la mujer que mira, escribe, ama, desea, que va y viene, una y otra vez, de la quietud de espejos, jaulas y ventanas al vuelo necesario de la palabra escrita, mariposa, colibrí, ángel, alas.
Para Liliana Campazzo, "escribir se transforma en una enfermedad/ de esas que nunca se dice padecer" porque está condenada a la poesía como, al decir de Sartre, los seres humanos, a la libertad: "Parece que la palabra.../ ...ata grilletes en mis manos/ y teje cercos."
Sin alinearse en literaturas de género, entre sorbos de té en tazas blancas, la femineidad atraviesa casi toda su poesía. Se denota mujer y se diferencia del resto con versos que portan la fuerza del manifiesto: "...la gran falla de esta mujer/ es su desdén hacia la forma.../...su carencia total de imaginación en la cocina/ el no ponerse al día con las compras..." O, por ejemplo: "Elijo no ser útil/ o ser más y más tiernamente inútil./ Mujer isla/ elijo ser.". Y también: "...Rencorosa de Dios/ lo desafío/ ni pariré con dolor/ ni regaré la tierra/ mi semilla será sólo mía."
Tal como lo enuncia Barthes, a quien cita: "Nunca se logra hablar de lo que se ama", cuando de amor se trata, sabiamente, dice tanto en lo que calla como en lo que escribe. Y Eros y Freud se regocijan cuando les leen: "...Desesperada por lo que en mí falta/ busco/ y tener mi mano allí es como tocar un miedo/ de dioses y caballos./...un sonido de mares prometo dejar en tus oídos/ un gusto a mares prometo dejar en tu boca/ y esto no es un canto de sirenas."
"Quieta para la foto", así se titula este libro, pero atinadamente "Mujer en movimiento" comienza diciendo Daher Salomón en su prólogo.

Graciela Lago

Narrativa

"Dibujo en el vidrio empañado", de Gustavo M. Rodríguez. (Ediciones Último Reino, 2000), 128 páginas.
Es éste el primer libro de cuentos de Gustavo Miguel Rodríguez, nacido en 1951 en Coronel Dorrego (provincia de Buenos Aires) y radicado desde 1975 en Chubut, que recibió el primer premio del concurso convocado por el XXII Encuentro Patagónico de Escritores de Puerto Madryn, en 1999. Un notable jurado (Diego Angelino, Liliana Heker y Héctor Tizón) apreció en su justo valor una obra diversa, inteligente y sutil a la hora de contar las historias y mostrar sus personajes. Son siete cuentos breves y uno mucho más extenso ("En la oscuridad"), dividido en cinco partes según los días de la semana que van del lunes al viernes. Esta especie de diario recoge las vivencias de un joven que pasa una corta temporada en casa de sus padres, en el campo. Rodríguez hace una creación tan entrañable con las sensaciones y pensamientos del muchacho, la descripción del paisaje y de las atmósferas familiares, los recuerdos imprevistos y el tiempo irrecuperable, que el lector siente una insólita nostalgia de algo que no vivió. O sí, lo está viviendo a través de la magia de la buena literatura, con el beneficio adicional de un déja vu imposible.
Los otros cuentos pueden satisfacer los gustos más disímiles. "Lagartos", el primero, registra una mirada oblicua, casi de voyeur, de un adulto sobre el mundo adolescente y con gran austeridad de recursos alcanza una sorprendente carga erótica. Junto con "Niebla", se lleva las palmas por un trabajo con el lenguaje de enorme precisión y búsqueda de efectos, sin que esa orfebrería robe protagonismo a las respectivas historias. Y "Galeria de fotos perdidas" (selección) es el relato más audaz formalmente. Se trata de cinco tomas fallidas, contadas hasta en sus circunstancias más nimias, cualquiera de las cuales puede usarse como una lección de literatura partiendo de lo mínimo.

"El raulí", de Gustavo Santos. (Fondo Editorial Neuquino, 2003), 116 páginas.
Esta novela corta, primera obra de su autor y premiada por el Fondo Editorial Neuquino en 1998, retrata con mano maestra el bosque cordillerano y la vida de los hacheros, a través de la peripecia singular de Alcides, que se propone bajar el raulí más grande del que se tenga memoria, cuando ya es un hombre gastado por los años y al parecer de vuelta de todos los desafíos.
Más cerca de Hemingway que de García Márquez -que aconseja tomar del cuello al lector desde la primera línea y no soltárselo hasta la última página-, Santos aborda la historia con morosidad y hasta cierta negligencia, con descripciones más propias de su profesión de técnico forestal que de escritor. Esta aparente abulia no es más que una estrategia envolvente, cargada de misterio, que seduce por acumulación y convence lentamente. A partir de la determinación del personaje la lectura se torna imperiosa, al punto de que aún en sus escasas páginas resultan pertinentes los descansos del crescendo de la tensión narrativa, con breves evocaciones de la vida familiar y los pocos momentos entre amigos.
La epopeya de Alcides es, una vez más, la lucha del hombre con la Naturaleza, tópico eterno e inagotable de la literatura, con la singularidad de que el despliegue espectacular que caracteriza a ilustres ejemplos -"Moby Dick", "El viejo y el mar"- se trueca, por la elección de ambiente y estilo del autor, en un brumoso silencio y en la paciente cavilación del héroe como soportes eficaces del desarrollo y el desenlace de la historia.
Gustavo Santos nació en Buenos Aires en 1968 y está radicado en San Martín de los Andes desde 1991. Allí forma parte del equipo de artistas que realiza la revista cultural "Desvío". En 2003 obtuvo el primer premio del concurso de narrativa breve del XXIII Encuentro Patagónico de Escritores de Puerto Madryn, por su libro "Las huellas de Thomas en la arena", que será publicado este año.

"La maldición del chenque", de Ariel Puyelli (Editorial Realidad, segunda edición, 2003), 150 páginas.
En el prólogo, el autor dice que su novela "pretende acercar a los lectores una pequeña parte del universo mitológico mapuche, que en algunos casos es común a otras culturas del mundo; por otra parte, se trata de una historia de aventuras protagonizadas por tres chicos inquietos, curiosos, con espíritu investigador y que buscan que la familia de uno de ellos quede liberada de una maldición generada a partir de la conducta errónea de un antepasado."
Esta perfecta síntesis de la obra cumple lo que promete: entretiene con armas ingeniosas, diálogos precisos, divertidos y emotivos, y la rica información sobre un mundo cultural que otras fuentes distorsionan o simplifican con referencias inexactas.
Ariel Puyelli nació en 1963 en San Andrés de Giles, provincia de Buenos Aires, y actualmente vive en Esquel, Chubut, donde dicta talleres de cuento y periodismo para niños y edita mensualmente el periódico literario "Palabras del alma". También es responsable, junto con la docente Analía Pizzi, del periódico para chicos "A la luna, a las dos y a las tres".
Ha publicado, entre otros títulos, "Ella y Él o El amor en los tiempos de la estupidez" (humor); "Las historias de 'Al fin solos'" (relatos de un ciclo radial); "El sueño del sabio" (relato para grandes y chicos); "Rita, la araña con peluca y otros cuentos" (para niños); "Góos y Kóokne" (cuentos para niños) y "Las alas de Oliverio" (relato de aventuras).


Ciencias

"Bajo del Gualicho: Una planicie patagónica bajo el nivel del mar. Realidad y leyenda", Varios autores (Secretaría de Estado de Acción Social de Río Negro, 2003), 416 páginas.
A fines del año anterior fue publicado el tercer volumen de la serie "Las mesetas patagónicas" que coordina, como lo hiciera en los libros anteriores, el sociólogo Ricardo Freddy Masera, esta vez acompañado en esa tarea por el geógrafo Julio César Guarido. "Bajo del Gualicho..." es un trabajo de investigación científica que abarca varias disciplinas, por lo que fue necesario convocar a numerosos especialistas, en carácter de consultores o redactores, según los casos.
Un repaso a los títulos de cada capítulo sirve para demostrar la vastedad -y la profundidad- del estudio: geografía; travesías, caminos y jagüeles; la gente y la producción; narrativa oral; mediciones geodésicas; geología de las mesetas y los bajos circundantes; bosquejo hidrogeológico; yacimientos minerales de sal y su explotación; unidades del paisaje y suelos asociados; recopilación paleontológica; efectos ecológicos del pastoreo; conservación y manejo del ecosistema; registros de fauna y una aproximación al estudio de las Áreas Naturales Protegidas de la Argentina.
Las obras publicadas anteriormente son "La Meseta Patagónica del Somuncurá. Un horizonte en movimiento" (1998) y "La Meseta Patagónica de El Cuy. Una vasta soledad" (2001).


"Arqueología de Río Negro", por Carlos J. Gradin, Ana M. Aguerre y Ana M. Albornoz. (Secretaría de Estado de Acción Social de Río Negro, 2003), 118 páginas.
Se trata del cuarto volumen de la serie antes mencionada y constituye un valioso rescate de la obra del arqueólogo Gradin, gran investigador vinculado por décadas a Río Negro y fallecido en 2002. Junto a sus trabajos inéditos ("Más allá de Río Negro", "Investigaciones arqueológicas en el Cañadón Santa Victoria, Meseta del Cuy" -con Ana Margarita Aguerre-, "Arte rupestre de la provincia de Río Negro" y "Nuevos sitios: el Bajo del Gualicho; Yamnago (Somuncurá) y otros con arte rupestre", se incluye "Estudios recientes del arte rupestre en la Provincia de Río Negro (desde fines de 1970 a la actualidad)", de Ana María Albornoz. A modo de prólogo, figura también un panegírico de la personalidad de Gradin, a cargo del multifacético investigador Rodolfo Magín Casamiquela. Este libro, exhaustivo y fundado en bibliografía abundante, se convierte en referencia insoslayable para futuros abordajes en el campo de su incumbencia.